Ajiaco: un caldo con historia, sabor y corazón colombiano
Un plato que abraza el alma
El ajiaco es mucho más que una sopa tradicional: es un símbolo de hogar, de familia y de unión en torno a la mesa. Su aroma inconfundible, su sabor profundo y su textura cremosa hacen de este plato uno de los más queridos en la gastronomía típica colombiana.
Originario de la región andina, especialmente de Bogotá y Cundinamarca, el ajiaco se ha ganado un lugar en los corazones (y los almuerzos) de los colombianos en todo el país. En cada cucharada hay historia, identidad y cariño.
Raíces e historia
El origen del ajiaco se remonta a tiempos prehispánicos. Los pueblos indígenas muiscas ya preparaban sopas a base de papa, hierbas y maíz, ingredientes esenciales en su dieta y en su cultura agrícola. Con la llegada de los españoles, se incorporaron nuevos elementos como el pollo, la crema de leche y las alcaparras, dando vida a la
versión que hoy conocemos y amamos.
El nombre “ajiaco” viene de “ají”, aunque curiosamente este plato no es picante. En su evolución, el término quedó como sinónimo de una sopa espesa y abundante, llena de ingredientes nutritivos y de sabor hogareño.
Los ingredientes que lo hacen único
El secreto del ajiaco colombiano está en su mezcla de papas y en el equilibrio de sus sabores. Se utilizan tres tipos de papa:
- Papa criolla, que aporta color y suavidad.
- Papa pastusa, que da espesor y consistencia.
- Papa sabanera, que mantiene la forma y la textura.
A estas se suman el pollo desmenuzado, el maíz en mazorca, el guascas (una hierba aromática tradicional) y el caldo que une todo en un abrazo cálido. Se sirve con arroz blanco, crema de leche, aguacate y alcaparras al gusto. Cada ingrediente tiene su función y su encanto, creando una armonía de sabores que reconforta y despierta la nostalgia de lo casero.
️ Un reflejo de nuestra cultura
El ajiaco es un plato que representa la diversidad y la generosidad del pueblo colombiano. Es humilde en sus orígenes, pero grandioso en su sabor. Se sirve en
celebraciones, reuniones familiares o simplemente como una forma de decir “te quiero” a través de la comida.
Su preparación es un ritual: desde pelar las papas hasta dejar hervir lentamente el caldo mientras el aroma llena la cocina. Es una receta que no tiene prisa, porque como todo lo bueno, requiere tiempo y cariño.
El ajiaco nos recuerda que en la sencillez está la grandeza, y que nuestras raíces culinarias siguen vivas cada vez que compartimos un plato lleno de historia y sabor.
